Cuando la conoció, Milagros tenía 3 años, vivía en el Hospital de Suipacha y estaba por ser llevada a un Hogar. María y su marido aceptaron ser su familia de “abrigo” hasta tanto otra la adoptara pero terminaron siendo ellos la familia que la nena estaba necesitando. La historia de una patinadora de 7 años que desafía sus propios límites

Hay una historia dentro de la historia, y es la de Héctor y María, hace 22 años. Él era médico; ella venía de una pobreza profunda, era casi 20 años menor y atendía el teléfono en la remisería que estaba frente al hospital de Chivilcoy. Haberse puesto de novios después de aquella salida fue un efecto colateral: la intención no había sido esa sino “hacerle la pata” a dos conocidos que tenían en común.

“Yo tenía 19 años, pensaba ‘es un viejo para mí’. Los demás también me decían ‘es grande, te vas a aburrir’. Y yo dije ‘bueno, cuando se termina el amor, se termina’. Y acá nos ves”, se ríe María de los Ángeles Walter (40), en diálogo con Infobae.

Héctor Trejo (59) había estudiado Medicina en la Universidad Nacional de La Plata, estaba separado y tenía una hija que estaba por cumplir un año. María tenía ocho hermanos, había vivido toda su vida en un rancho con piso de tierra y había tenido que dejar la secundaria para trabajar de niñera.

Héctor, Milagros y María; papá, hija y mamá

Cuando quisieron tener un hijo aparecieron los obstáculos. Peregrinaron de médico en médico, la operaron de endometriosis y trataron de arreglar el “descontrol hormonal”, pero las posibilidades se fueron deshaciendo con el tiempo. Era el año 2006, la Ley de fertilidad no estaba ni en los planes, y pagar un tratamiento de fertilización in vitro les resultó imposible. Cuando tenía 35 años, María recibió otro diagnóstico: menopausia precoz.

“Fueron cinco años intentando y nada. Yo me la banqué sola. No fui a terapia ni nada, mi terapia eran mis perros”, cuenta ella, que es rescatista. Eran perros con sarna o gusanos que María curaba en su casa para que alguien, después, aceptara adoptarlos.

“Al año siguiente, un día viene Héctor y me dice ‘tengo que hablar con vos’. Así me tuvo como tres días. Como los médicos tienen fama de mujeriegos yo pensé que me iba a decir que andaba con otra”. Pero lo que Héctor quería decirle es que había una nena viviendo en el hospital de Suipacha a la que iban a llevar a un Hogar de niños. “¿Querés ir a conocerla?”, le preguntó.

María era, en ese entonces, “una renegada”: “Me levantaba de mal humor, me ponían furiosa las embarazadas que andaban con todos los chicos mugrientos, estaba enojada con el mundo”.

Fue a conocerla pero apenas la miró. Milagros tenía un trastorno llamado “enfermedad de Vacterl”: una asociación de malformaciones congénitas que implicaban, entre otras faltas, la de su pierna izquierda.

De regreso, su marido le preguntó qué pensaba: “No sé, no quiero hablar”, contestó María. En el juzgado les habían explicado que lo que buscaban era una familia “de abrigo”, es decir, alguien que pudiera cuidarla hasta que alguna persona sola o pareja inscrita en el Ruaga se ofreciera para ser su familia definitiva. Aceptar cuidarla para que no fuera a un instituto implicaba renunciar al derecho de adoptarla.

“Cuando llegué a casa me quedé mirando a los perros”, sigue María. “Por acá pasaron más de 200 que fueron a adopción después pero hubo dos a las que nunca nadie quiso porque tienen cáncer de piel. Todos decían lo mismo: ‘Pobrecitas, ya van a conseguir una familia que las quiera’. Miré a las perras y empecé a imaginar el Hogar al que iba a ir Milagros. Me imaginé a un montón de nenas paraditas con un vestido y ella sentada, sin su pierna, y a la gente diciendo: ‘Pobrecita, ya va a conseguir una familia que la quiera'”.

María, que en ese entonces trabajaba como empleada doméstica en dos casas, dice que esa noche no durmió. El lunes tampoco pudo sacarse a Milagros de sus pensamientos. El martes, cuando Héctor se despertó, vio que su esposa no estaba en la cama.

—Se había desvelado. Ahí me dijo: “Bueno, ya lo decidí. Prefiero encariñarme y que después me la saquen a que la manden a un instituto”.

La madre biológica de Milagros tenía un trastorno neurológico progresivo llamado Enfermedad de Huntington. “No se podía cuidar ni a sí misma”, se apiada Héctor. Milagros tenía 3 años y, como había salido de una cirugía para entrar en otra, había pasado la mayor parte de su vida en el hospital.

“Las dos primeras cirugías que le hicieron fueron para que sobreviviera”, explica Héctor, que es médico en un servicio de emergencias de Mercedes, en la cárcel y en una comunidad de jóvenes adictos. “No tener ano y tener una fístula traqueoesofágica son dos trastornos incompatibles con la vida”.

Le hicieron una cirugía para que pudiera eliminar desechos (todavía necesita pañales) y otra porque todo lo que comía se le iba por las vías respiratorias. La tercera cirugía fue para sacarle un pequeño muñón parásito que había crecido cerca de la pelvis. También le sacaron un dedo de más que tenía en la mano derecha.

Fue en una de esas idas y vueltas al hospital que su mamá biológica la llevó deshidratada y no le permitieron volver a llevársela. Cuando Héctor y María conocieron a Milagros, hacía un año que no salía del hospital: algún familiar iba a visitarla ocasionalmente, aunque pasaba las fiestas sola.

Les dieron días y horarios para visitarla. “Al principio no nos dábamos mucha bola”, recuerda María. “Un mes después estábamos tan pegadas que cuando me iba ella se quedaba llorando. Me decía ‘María vení, no me abandones por favor’, y yo me quedaba hecha mierda, porque me dejaban verla una hora nomás”, cuenta.

El 4 de febrero de 2016, mientras María estaba limpiando el patio en el que dormían los 17 perros que cuidaba, el teléfono sonó. Le dijeron que fuera a buscarla para llevársela a casa, que iban a permitirle ser su familia de abrigo. “Me quedé parada, no sabía qué hacer, no le habíamos contado nada a nadie”. Lo que recuerda del día en que fue a buscarla es la sonrisa.

Milagros tenía 3 años y seis meses y pesaba 7 kilos. Como no sabía caminar, se arrastraba por el suelo. Apenas tenía pelo y, como no sabía usar cubiertos, agarraba la comida con las manos. “Costó porque ella se quedaba en el piso comiendo, no sabía lo que era sentarse a comer en familia”, cuenta María.

Fue Cristina, una de las hermanas de María, quien ayudó a estimularla de una forma intuitiva y casera: “Seguro que no podés venir hasta acá caminando”, la chicaneaba. Un mes después de la llegada a casa, Milagros empezó a caminar.

A los 3 meses de estar en familia, dijo la palabra mágica: “Me estaba hablando y me dice ‘mami’. A mí se me paró el mundo. Le pregunté: ‘¿Escuché bien?’, y ella me contestó: ‘Sí, mami’. Lo que te puedo decir es que Milagros me hizo mejor persona. Dejé de ser una renegada, de levantarme siempre de mal humor, ya no peleo”.

“No te encariñes”, le aconsejaron en el servicio local de Suipacha. “A mí no me la van a sacar”, pensó María. Tuvo, digamos, suerte: cuando citaron a los familiares para hacer el último intento de revinculación, ninguno se ofreció a cuidarla.

Les preguntaron si tenían intenciones concretas de adoptar a Milagros y a la nena con quién quería quedarse. Y lo que les dieron fue la guarda permanente con derecho de adopción. Ailén, la nena que era bebé cuando Héctor y María se conocieron, empezó a decirle “mi hermanita”. Héctor empezó a perder el miedo a encariñarse y que se la sacaran. Fue él quien posó con la nena en el portal “Vidas reales” y dio a conocer su historia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.