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Recetas con historias de amor (y a la inversa)

Hace unos años tuve uno de esos sueños en los que no es fácil distinguir si lo que uno está viviendo pertenece al mundo onírico o al real.

En el sueño – en ese momento estaba cursanto un taller literario con Luis Gruss, así que pude reflejarlo en el cuento Genio culinario- había viajado a París, contratada por una escuela de cocineros, para enseñar la relación entre las palabras y la comida.

Recuerdo que arranqué hablando de lo poderosas que son las palabras, de cómo un nombre bello podía lograr que un plato delicioso se sintiera aún más exquisito. La cuestión es que en algún momento de la conversación, salió de mi boca la palabra “genio”. Quería expresar que un plato sublime requería de la intervención de una instancia inmaterial, inspiradora, algún halo sutil del universo que se hubiese depositado sobre esa combinación de materias, nutrientes y sabores, que lo convirtiese en algo especial. Cada autor tenía a su disposición una entidad protectora para cada una de sus creaciones. Quería convencerlos, todavía, de que ese genio inaprehensible, invisible, etérico, estaba compuesto en realidad por una sustancia acaso más palpable: por palabras.

El genio reside en las palabras, por eso es imprescindible que un plato tenga un nombre propio; saber y sabor están siempre entrelazados.

Buscaba emocionar, sentía que estaba frente a una revelación que los cocineros celebrarían al elevar su arte al estamento de la literatura.

El sueño, así como el cuento, derivaron para otro tema. Pero lo recuerdo hoy, porque este fin de semana se realiza la séptima edición de la Feria Leer y Comer y voy a ir por primera vez.

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