¿Se puede encontrar la palabra justa para definir una relación? A menudo se piensa que cualquier etiqueta es insuficiente, que los términos y condiciones a los que suscriben los amantes son únicos y permanentes. Qué sucede cuando el deseo obliga a trasvasar las categorías admitidas.

Para Analía y Diego, en un principio fue la monogamia. Se conocieron hace diez años cuando ella daba clases de idioma en la oficina de él. Con el tiempo, las charlas se diversificaron por fuera del estrecho perímetro que admitía el portuñol y se descubrieron teniendo mucho en común: “Teníamos gustos musicales iguales, a los pocos meses era el cumpleaños de ella y acordamos con unos amigos para ir a tomar una cerveza. Ella estaba viviendo con un flaco, pero nada, había unos chispazos. A partir de ahí empezamos a hablar un poco más, yo le conté mi historia, me había separado de una pareja después de 5 años y me había vuelto a mudar solo. Ella me contó de su pareja en donde había malos tratos”, cuenta Diego.

Analía convivía con la violencia de manera cotidiana y su relación estaba llegando a un punto de inflexión: tenía que irse de su casa como fuera. “Yo le ofrecí mi casa. En ese momento vivía solo, nos estábamos conociendo pero no éramos pareja, -yo le dije- ‘si no llega a funcionar ahorrás plata, buscás un departamento y te podés ir’. Hace 10 años que sigue buscando casa y no se va”, se ríe. Lo que vino después los arrasó como una topadora: convivencia, noviazgo, amigos, familia, hija … y poliamor. En ese orden.

César, Analía, Diego y V. la hija de estos dos últimos, sabe que su mamá tiene otra pareja más. Foto: Martín Bonetto

Diego rememora la decisión que torció su camino y una tercera carcajada se introduce coreando la anécdota. Es César, pareja de Analía y tercero en concordia dentro de una trama que empezó a configurarse dos años atrás cuando la curiosidad los propulsó a explorar los intersticios del amor. “A los ocho años de estar juntos, con una hija de por medio, nos decidimos a ver qué había más allá (de la pareja)”, explica Analía. Un amigo les había contado su experiencia y la idea empezó a tronar como en una caja de resonancia. “Empezamos a investigar mucho porque, desde lo que es marcos relacionales, hay un montón hasta que en un momento dijimos, ‘¿y si probamos qué onda?’”, agrega Diego.

“Primero salí yo -cuenta él-, lo encaré por el lado de conocer gente. Mis salidas eran con un grupo de gente que practicaba el poliamor, pero no de cara a tener sexo sino de salir y pasarla. La primera vez que estuve con una persona a nivel sexual me pasó a mi primero, con todo el miedo del mundo”. Esa noche, Analía estaba pendiente del teléfono. Ansiosa, recibía cada mensaje de texto con la expectativa de quien está preparada escuchar buenas noticias. “Me preguntaba cómo le estaría yendo. Era la primera vez que él estaba con una persona que no fuera yo y lo que menos quería era estar en su cabeza porque quería que le fuera bien. Cada cosa que pasaba me la contaba por mensaje de texto: ‘Me quedé solo con esta piba, entro a la cancha a jugar’, ese era el acuerdo: si uno se quedaba fuera de casa, avisar para que el otro no se quedara esperando. Yo me sentía feliz por él”.

Pero no todo fue armonía al comienzo. Aprender a lidiar con los celos y a establecer acuerdos provisorios fueron clave para apuntalar el vínculo. Encontrar una nueva semántica de la fidelidad luego de romper con la exclusividad sexual y afectiva, también fue un desafío. “La fidelidad pasa por comunicar, si vas a salir o verte con alguien no ocultarlo. Ser sincero”, apunta Diego. “Son cosas que no sabés cómo manejar. Al principio fue esa cosa de no saber cómo manejar los espacios y los tiempos de cada uno. Los primeros años no tuvimos armonía, porque tuve que entender que él no era más mío”, explica Analía.

César, Analía y Diego. Foto: Martín Bonetto.

Para ella, dar el paso era cuestión de tiempo y de encontrar a la persona adecuada: “La primera vez que estuve con una persona fuera de él me costó, fue raro después de estar 8 años con una persona. Estar con alguien más es como si empezaras de nuevo. Al principio me costaba cuando volvía de la casa de mi otro vínculo porque venía con toda una energía de allá y tenía que dejarla en la puerta de casa, hasta que aprendí a manejar eso pasó un tiempo”.

Analía había empezado a salir con alguien cercano a su círculo de amistades con quien venía conociéndose desde hacía un tiempo. Poco más tarde apareció César y se integró al cuadro amoroso. “Yo lo conocía desde los 19 años, lo escuchaba en la radio. nunca me imaginé que me lo iba a encontrar”, cuenta Analía. Entre ellos también había una historia en común previa al poliamor. Periodista de la escena metal, César conducía un programa de radio y editaba una revista de música de la que Analía era seguidora y le acercaba, de tanto en tanto, el fanzine que editaba el fan club de una banda trash metal.

El reencuentro se dio a través de un grupo de Facebook dedicado a poliamorosos. “Un día me vine hasta acá y ella se encontró con un tipo semidestruido, yo no estaba en condiciones de nada en ese momento -recuerda César-. Fui armando con ella una relación muy linda que, en principio, fue de amistad y se fue haciendo una relación en toda regla. En ese momento ella estaba con dos parejas y yo terminé siendo el tercero en concordia.”

“Es mucho más civilizado esto”, dicen los tres. Foto: Martín Bonetto.

Para ese entonces, César era un autodeclarado amorlibrense luego de un derrotero de exploración sexual y malas rachas afectivas. Un largo, aburrido y tradicional primer matrimonio que le dejó dos hijos, seguido de una pareja que se inició en el intercambio swinger, transitó por el erotismo del BDSM y tuvo un intento de pareja abierta que no prosperó. El nacimiento de su hija significó un interludio en esa fase exploratoria y precipitó la decadencia de la relación: “después de la nena se cortó todo y cuando retomamos, lo hicimos en un ambiente enrarecido. A los dos nos gustaba el femdom y mi pareja armó un club en donde había un grupo de muchachos que atacaban órdenes. Yo salía con tres de las que integraban el grupo, de una de ellas me enamoré perdidamente. Al principio no había celos involucrados porque mi pareja conoció a alguien dentro del círculo. Vivíamos en la libertad de la monogamia, sabíamos que los dos volvíamos a dormir a la noche y con eso se empezó a romper la historia. En algún punto, empecé a pasar noches con la otra chica hasta que en un momento mi pareja sufrió una involución terrible de celos y eso me obligó a cortar la relación con la otra chica”. Separación y un año de pastillas antidepresivas después, llegó Analía.

Hijos del poliamor
En un piso de Villa Ballester, sobremesa y café de por medio, la pequeña V. nos recibe con sus peluches multicolor convocando al juego. Con cinco años se sabe hija de una pareja poliamorosa. En el living colorea sus dibujos, sin prestar demasiada atención a la mesa de los adultos aunque, de a ratos, solicita una breve interrupción para pedir upa y mostrar las hojas que ha estado garabateando incansablemente toda la tarde. “A mamá le va a encantar, mostrale”, la entusiasma César.

V. comparte tiempo con los vínculos de sus padres y sus respectivas familias, una escena cotidiana que se fue dando paulatinamente pero que funciona para todas las partes. “Es como las familias ensambladas, como la mina que quedó con los pibes boyando de matrimonio anterior y los juntas los fines de semana. Hay veces que pasa eso, a él (Diego) le toca quedarse con la nena o a mi y entonces nos juntamos con las nenas. La hija de César y la mía son recontra amigas, las dos tienen la misma edad, juegan a las mismas cosas” lo explica Analía.

César y su ex pareja continuaron viviendo en la misma casa luego de la separación. Para ellos, la ruptura solo afectó el vínculo amoroso pero funcionan como socios viviendo bajo el mismo techo: “En mi caso funciona como una metamour, cuando Analía viene a casa comemos todos juntos y no es un problema. Es mucho más civilizado esto porque no andás con el cuchillo entre los dientes tratando de matar al tipo que te da celos”, dice César.

Un popular adagio argentino, reza: “¡poné los ravioles. Ya estamos todos!”. Algo así, fue la ocasión en que V. conoció a la otra pareja de mamá: “A principios de 2017, Analía estaba con un vínculo, y yo estaba con otra persona que ya no estoy más. La primera persona que vino fue él, vino a un almuerzo y nos conocimos entre todos. Lo que se dio en ese caso es que estaba mi nena y pegó onda también con esta persona”, relata Diego.

Después vinieron otras reuniones familiares y cumpleaños, “hubo una complicidad para sumar a los vínculos en todas estas cuestiones. Fueron sucesos que se fueron dando y dependiendo de en qué momento de nuestra relación estábamos”. Al haber hijos de por medio, Analía y Diego lograron construir una red afectiva en la que todos cooperan para cuidar y contener a los chicos.

Los primeros encuentros, sin embargo, fueron experimentados con algo de miedo porque, inevitablemente, “al principio era todo muy cuidado en el sentido de que cuando venía alguien a casa, dormíamos en camas separadas, de a poquito, empezamos a naturalizarlo. A medida que mamá se empezó a ausentar de casa y nuestra nena crecía, empezó a preguntar: ‘¿papá a dónde se va a dormir?’. Si la nena preguntaba, le decíamos que mamá o papá se iba a dormir a la casa de otra persona. No ocultarlo, lo que acordamos fue informarla acorde a su poder de discernimiento pero no mentirle porque eso no servía para nada”, cuenta Diego.

Para César: “El tema no es tanto los chicos, sino que a quien metés en tu cama sea alguien que sabés que los va a tratar bien, la responsabilidad afectiva pasa por ese lado. Si se sienten queridos y contenidos, no hay ninguna diferencia para ellos. La diferencia viene de los adultos que creen que la monogamia es norma y entonces los chicos se van a volver locos, pero eso no pasa. Mi nena pasó por esto y está todo bien. Los chicos no sufren eso, lo que sufren es cuando no se les presta atención a sus necesidades”.

fuente:Clarin

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